Reflexión sobre la mente y las interpretaciones durante una experiencia con ayahuasca

L’apoteosis

Me siento como una niña pequeña a la que acaban de regañar.
Solo que tengo 36 años, estoy en plena ceremonia de Ayahuasca… y no entiendo absolutamente nada de lo que he hecho mal.

2022.
Un fin de semana de julio.
Una villa en algún lugar de Europa.
Mi primer encuentro con la Ayahuasca.

Todos estamos instalados en nuestras colchonetas en el suelo, listos para aprovechar al máximo esta tercera y última noche.
El Taita entra en la sala. Esa noche, va vestido de forma diferente. Lleva un tocado de plumas coloridas y un collar de cuentas muy ancho con el motivo de un colibrí que le llega hasta el ombligo. Por encima, se superponen otros collares de semillas y dientes de jabalí.
Esta noche será distinta. Se puede sentir en el aire.

La ceremonia comienza. Todos ingieren su dosis de medicina. La sala está en silencio. Cada uno se concentra en su respiración para no vomitar prematuramente.
Rápidamente, la energía en la habitación se vuelve pesada.
La armónica del Taita empieza a vibrar. Muy suavemente al principio. Luego, el ritmo de la melodía se acelera.
Siento entonces como si un colibrí se agitara dentro de mí. Desde lo más profundo de mis entrañas, buscando el camino para salir a la superficie. No sé cómo reaccionar. Me invade un sofoco y, al mismo tiempo, escalofríos. Cuanto más se acelera la armónica, más se agitan los colibríes en mi interior. Los demás participantes empiezan a vomitar ruidosamente. Algunos lloran y se lamentan. Otros, en cambio, permanecen en silencio.
El sabor amargo, ácido y astringente de la medicina me vuelve a la boca. Ya no puedo contenerme. Llega mi turno de vomitar. La liberación a través de la purga.

Siento que la medicina comienza su trabajo. No sé cuánto tiempo pasa, pero me siento bien.
Me siento orgullosa de mí misma, del trabajo que acabo de realizar. Necesito ir al baño. Tengo la sensación de haber cumplido una tarea colosal.

El incidente

Al volver a la sala, aprovecho para tirar mi bolsa de basura que está cerca de mi colchoneta. El aprendiz del Taita me llama la atención.

Juan (en un tono muy seco): Deberías tener cuidado. Haces mucho ruido. Ahora con la basura, y hace un rato diste dos portazos en el baño. No estás sola aquí.

Mi pecho empieza a apretarse y mi respiración se vuelve más lenta.
Él me mira fijamente a los ojos, haciéndome un gesto con los dedos de que me tiene vigilada. 

Juan: Pórtate bien.

Sigo sin entender, ¡si yo no he hecho ruido!
Emma-Khey: Vale. 

Juan (por segunda vez, con tono firme): Te he dicho que tengas cuidado con lo que haces. 

Emma-Khey: Sí, vale. Está bien. Estoy bien.

Juan insiste de nuevo.
Empieza a molestarme seriamente, así que decido poner fin a esta conversación sin sentido e irme a sentar en un banco afuera. El aire fresco me calmará. 

Empiezo a pensar en lo injusta que es la situación.
¿Por qué se dirige a mí de esa manera?
Yo estoy tranquila en mi rincón. Hay gente que da portazos y hace mucho más escándalo que yo. ¿Y viene Juan a decirme a mí que tenga cuidado?
No puedo dejarlo pasar. Siempre dejo que los demás me pasen por encima. Soy demasiado buena… o mejor dicho, demasiado tonta. … 

Me pregunto si esto no será una lección que la medicina quiere darme. Aprender a marcar mi posición.

Justo en ese momento, Juan se planta delante de mí y me mira sin decir nada. Saco fuerzas de flaqueza y decido intervenir a mi favor por una vez en la vida. 

Emma-Khey: Sabes, no he entendido muy bien por qué me has reprochado eso antes. No hice ruido. Fue Roberto quien dio portazos en el baño varias veces, no yo. 

Juan: Ah, vale, perdón.

Le sonrío pensando en lo sencillo que había sido. Estoy orgullosa de haber tenido el valor de hablar. 

Juan: ¿Me perdonas? 

Emma-Khey: ¿Cómo? 

Juan: Sí. ¿Me perdonas? 

No entiendo a dónde quiere llegar.
Emma-Khey: … sí… vale. ¿Pero perdonarte por qué? 

Juan: Te pido disculpas por decirte la verdad cuando haces cosas que no están bien. Espero que no me guardes rencor.

Me quedo en shock. No sé qué responder más allá de balbucear. La rabia se apodera de mí poco a poco.

Decido volver a mí colchoneta en la sala de ceremonias y me hundo en llanto. Me siento como una niña pequeña a la que acaban de regañar. 

¿Pero qué significa esto?
¿Qué ocupo demasiado espacio? ¿Qué soy demasiado «grande»?
Vengo aquí para aceptarme y amarme tal como soy, ¿y me dan a entender que soy DEMASIADO?

Cierro los ojos esperando recuperar la calma. Pero hace calor. No me siento muy bien. Y de repente, aparecen insectos bajo mis párpados cerrados.
¿Por qué veo esto? Los que cuentan su ceremonia de Ayahuasca hablan de encuentros con Dios, ven imágenes psicodélicas, explosiones de color… ¿Y a mí me tocan insectos asquerosos? Ni hablar de qué voy a ver eso.
Quiero ver flores.
Me concentro para transformar esas imágenes en flores y lo consigo. Pero poco a poco, las flores se deforman. Los tallos se convierten en patas. Los insectos reaparecen.
Me lleno de rabia. ¿Qué significa esto? ¿Significa que mi interior está podrido?

La apoteosis

Es hora de abrir los ojos para detener estas visiones. Quizás un poco de agua fresca en la cara me siente bien. Tengo que volver al baño.
Sabiendo que el idiota de Juan me vigila, exagero todos mis movimientos.
Camino de puntillas, con la espalda encorvada y desplazamientos lentísimos.
Tiene que ver que lo hago a propósito, para ser «discreta y silenciosa». Si quiere jugar, aún no sabe con quién se ha metido.
Abro la puerta del baño muy despacio. Y la cierro aún más despacio y con delicadeza. No debe salir ni un sonido.

Pero mientras estoy dentro, la cabeza empieza a darme vueltas y me tambaleo fuerte. Eso no me impide seguir rumiando sobre el estúpido del asistente, cuando de pronto me viene una escena a la mente.

La ceremonia aún no ha empezado. Estoy tumbada en las hamacas junto a la piscina con otras dos chicas, charlando sobre la vida mientras admiramos la belleza del cielo. Un espectáculo de miles de estrellas sin contaminación lumínica. Nos damos cuenta de que hay un ligero zumbido de fondo: cantos chamánicos, la melodía de la armónica. Miramos hacia el sonido y vemos al Taita y a Juan con sus wayras. Dan vueltas alrededor de algo mientras cantan. El humo sube, sus voces resuenan. Por respeto, decidimos no mirar y volver a nuestra charla bajo el cielo estrellado.

Y ahí lo comprendo. ¡Todo se aclara en mi mente! Estaban preparando la medicina. Eso explica por qué esta noche es mucho más fuerte que las anteriores.

Tal vez Juan no quiso ser malo conmigo, sino que estaba interpretando un papel para obligarme a afirmarme. Me da un ataque de risa por lo absurdo de la situación. Y de repente recuerdo: todo el mundo ha hecho mucho escándalo esta noche. Para algunos, incluso caminar se había convertido casi en un desfile militar… en chanclas. ¿Y si yo también fui ruidosa? Mi ataque de risa vuelve con más fuerza. No puedo parar.

Me esfuerzo el doble para salir del baño y cruzar la sala en silencio.

Una vez fuera, mientras admiro el cielo estrellado, oigo de repente unos golpes de tambor.
¿De dónde viene el sonido? Deben de ser más de las tres de la mañana, nadie toca a estas horas.
El tambor para. Luego sigue.
Me recuerda a la melodía del tambor de Jumanji. ¿Es posible? ¿Jumanji?
Busco el origen del sonido, convencida de que algo místico se está tramando.
Tras dar casi toda la vuelta a la casa, me encuentro cara a cara con… Juan y su pandereta…

Jumanji…

Me río tanto que me veo obligada a tumbarme en el suelo, al borde de la piscina. El contacto con la piedra me refresca. Me siento ligera.

Es una noche hermosa.

A medida que pasan los minutos, me surgen diferentes hipótesis para explicar la noche… y más me río al ver hasta dónde es capaz de llegar mi mente.

Juan se acerca a mí sonriendo. Me pide que haga un poco menos de ruido.

Esa noche, mi cuerpo entero comprendió literalmente lo que yo ya sabía, sin «saberlo» realmente.
A nuestra mente le encanta inventar historias.

En pocos minutos, había pasado de «Juan me ataca» a «la medicina me está dando una lección»… y luego a «todo el mundo me tiene manía». 

Tal vez la verdad era mucho más simple.
Simplemente, había hecho ruido.

♪ Aprendí que el paraíso es esta tierra fértil
Aprendí que el infierno es mi mente si la dejo
Aprendí a amarlo todo y comprendí
Que lo bueno y lo malo más que amigos son hermanos
Y andan juntos en este plano, comprendí
El aprendiz, Oscar Valdez